… en su tristeza, al comprender que a pesar de la mucho que la quería nunca podría amarla como te amo. Sólo apoya sus manos de mi espalda, no podía verla, su rostro antes alegre, ahora reflejaba duelo y agonía. Se apoya de mí, resignada a la idea que ella conocía, sus manos primero, luego su frente, siento correr sus lágrimas sobre mi piel y escucho cómo un último cántico escapa de sus labios. Inentendible para mí, es apenas un susurro melancólico que pesa en su alma y ahora pesa en mi recuerdo.
Sus manos, pesadas como el dolor de su espíritu, hacen ceder mis piernas ante la fuerza de su cuerpo sobre el mío cuando siento arder sus palmas en mi espalda como el acero al marcar una bestia. Estoy preso de su hechizo y un alarido sale de mi boca mientras se alza su voz sobre las colinas.
Va hundiendo sus dedos en mi carne y mi dolor se hace más profundo, siento que toma mis pulmones entre sus palmas, se hace una conmigo. Siento sus rodillas abrirse paso tras las mías y caigo tendido sobre mis manos cuando cada una de sus extremidades va encontrando su espacio entre mis huesos. Pronto sus pechos se vierten en mi espalda ardientes como el amor de Cielo y Tierra y doloroso y sangriento como el relámpago que los une y quiebra el aire que los alimenta.
Sus alas de hada, antes traslúcidas y de color, veo en la luna, se tornan negras y una piel y luego plumas como de cuervo van creciendo en su seno a medida que su cuerpo se fusiona con el mío en la agónica metamorfosis de quien entrega su vida por aquel quien ama, por mí, no para salvar mi vida sino para darme aquello que perdí al verte caer: alas.
Su sangre y la mía yacen sobre el suelo a cántaros llenos y el dolor de la fusión está latente en todo mi cuerpo, pero el suyo…
… no está… su cuerpo no está… Su alma está en la mía y su cuerpo descansa en su tumba: mi espalda.
De ella queda sólo mi recuerdo y la marca en mi cuerpo del último hechizo que cantaron sus labios: el tatuaje de una niña que de rodillas abraza mi corazón y el dolor en mi alma de algo que no debió suceder, de una historia que terminó abrupta y con la sangre de la inocencia de un amor no correspondido y de un sacrificio no merecido.
Como un reflejo propio, sus alas en mi espalda, se extienden y el dolor que su corazón debió sentir se materializa en ese primer batir oscuro de plumas negras y ensangrentadas que me liberan del suelo y me entregan al infinito horizonte de las estrellas.
En estas alas, que ahora me elevan, existe ella y su alma es libre de amarme como yo te amo. Es la sabiduría del corazón sobre la emoción de la razón, es la marea que sostiene el océano y la lluvia que de vida con su humedad.
Y con cada batir de alas creo escuchar su voz suave y que con amarga alegría parece susurrar Soizke Yahsé: Te Amo, a lo que con tristeza yo suelo contestar, Yhasé Vhoiske: Te Quiero.
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3 Shortmentarios:
me gusta tu blog.
Gracias, Gabbby y yo te esperamos de vuelta y nos pasearemos por el tuyo pronto!
pase a leer, pero no hay nada nuevo.
saludos.
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